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Por Gabriela Oria

En su visita a México en abril del 2013, el Dr. Michelle Odent, ginecólogo francés mencionó que es necesario introducir nuevos criterios para evaluar como están naciendo los bebés actualmente, combinando el conocimiento intuitivo con el conocimiento científico, incluyendo varias disciplinas como la epigenética, la epidemiología y la bacteriología. Y es que existe una relación entre nosotros y los microbios que nos colonizan en el momento de nacer estableciendo nuestra flora bacteriana que nos defiende de muchos padecimientos e incluso de enfermedades autoinmunes.

La manera de atender el nacimiento tiene efectos transgeneracionales por lo que debemos considerar seriamente el punto de vista de la fisiología que muchas veces difiere de lo cultural.

El parto es un proceso involuntario, controlado por las estructuras mas arcaicas del cerebro. Las circunstancias y las situaciones concretas de la atención del parto, pueden perturbarlo e incluso inhibirlo. Es necesario protegerlo reconociendo que es una función involuntaria que la mujer sabe realizar espontáneamente.

La cultura actual considera que la mujer no es capar de dar a luz por si misma y el personal de salud, obstetras y parteras participan activamente  realizando muchos rituales e intervenciones médicas para atender a las madres. El paradigma que se vive es que ella requiere que alguien este siempre con ella pues no se confía en su capacidad para parir.

El movimiento  que apoya el parto natural y la mas reciente investigación científica demuestra con optimismo que el bebé recién nacido “necesita a su madre” por lo que los cuneros en los que los bebés son separados de sus madres ya se consideran obsoletos pues inhiben o neutralizan el instinto protector agresivo natural que poseen las madres. Por tanto, debe ser una rutina en la atención, que los bebés permanezcan con su madres de día y de noche durante la estancia en el hospital los primeros días de nacido.

Y es que para preservar el vínculo de apego entre la madre y su bebé, el parto es un período crítico desde el punto de vista inmunológico y bacteriológico entre otros.  El poder de la fisiología materna puede revertir las malas prácticas que estimulan a las hormonas de la familia de la adrenalina (catecolaminas) y que son antagonistas de la occitocina la cual hace posible el parto.

Para que la mujer este relajada recostarse de lado y dormir mantiene baja la adrenalina. Si realmente se relaja no requiere ingerir carbohidratos. Así mismo conviene evitar activar la corteza cerebral haciéndole preguntas, obligándola a recordar datos, cifras y pensamientos ajenos al proceso involuntario del parto.

Al reducir la activación de la corteza cerebral la mujer se abstrae del resto del mundo por lo cual se recomienda el silencio y la luz tenue pues en la obscuridad la hormona melatonina reduce la actividad cortical que ayuda a que la mujer se sienta segura; mientras que sentirse observada por cámaras, monitores, observadores puede  perturbarla o provocar percepción de posible daño para ella o su hijo.

En cuanto nace el bebé la madre experimenta el pico mas alto de occitocina de su vida, para expulsar la placenta, siempre y cuando el entorno sea favorable. Para que esto ocurra, es necesario evitar hablarle a la madre y evitar distraerla (con telefono, corte del cordón, etc.) para que pueda realizar contacto visual con su bebé así como tenerlo sobre su pecho en contacto piel a piel. Es esencial que el bebé permanezca con su madre para que este maravilloso proceso natural se lleve a cabo.Y es que a madre necesita a su bebé por lo que esta interacción no debe ser perturbada.

El Dr. Odent comentó también sobre el estudio que publicó la revista Lancet sobre los beneficios de evitar cortar tempranamente el cordón umbilical y la relación que esta práctica tiene para erradicar el tétanos neonatal.

Su intervención nos motiva a revisar a fondo las practicas actuales de atención materno infantil, respetando la fisiología para preservar la normalidad del parto.

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